Café en vena

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Photo by Kaboompics // Karolina from Pexels https://www.pexels.com/photo/happy-coffee-6347/

Tomo café. Todo el tiempo. Trasnochando, madrugando, trabajando y descansando. El café me mantiene en modo zombie: nunca rindo a 100% pero al menos no estoy muerta.  En casa somos dos adultos que trabajamos a jornada completa, y dos niños que crecen a toda velocidad. La verdad es que mi marido y yo no damos a basto y la rutina diaria nos está machacando. El cansancio hace que pierdas noción de tiempo, rumbo e intención. Los años pasan volando y de repente has pasado el umbral de la mediana-edad.  Y yo me pregunto si lo estoy haciendo bien. Creo que no.

Ahora que soy mayor, tomo café. He dejado de ser quien era de niña y joven. Ya no juego ni me divierte casi nada. Ya no pienso en alternativas a lo que hago ni sueño con otras formas de vivir. Sólo quiero café.  Cargado. Con un poco de leche, por favor.

Llevo tiempo ya, ignorando las señales que me da la vida. Cuando mi consciencia me pide hacer algo más, me limito a lo justo. Cuando el cuerpo me duele, me quedo en el sofá. Cuando el corazón me dice que apueste todo al rojo, no me la juego. Haciéndome la sueca durante años. Prima antes el trabajo, los horarios y la cuenta bancaria. Pero ha llegado mi momento de reinventarme o morir. O me regenero, o me quedo zombie.

¿Cómo me planteo seguir viviendo? ¿En relación conmigo misma, la familia, el trabajo, el mundo que me rodea? No lo sé. Por eso el primer paso va a hacer reducir mi consumo de café. De tener la cafetera puesta a toda hora, a solo tomarme uno al día. Comienza mi reinvento del yo: de modo zombie a modo yonqui.

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¡Mamá, tengo hambre!

Tengo dos hijos varones. Uno tiene 7 y el otro 2. Y tienen hambre a todas horas. A TODAS horas. El grande es el que me ha inspirado a comenzar este blog. Tiene un apetito feroz. Da igual si hace menos de una hora que comimos, da igual si no hace mucho que merendamos. Siempre tiene hambre y crece a toda velocidad. El pequeño también, aunque lo expresa de una forma menos verbal, gritando como si no hubiese un mañana. Si los miras por la noche parece que están más grandes que cuando se despertaron por la mañana. Hay que alimentarlos bien, para que crezcan sanos y se conviertan en dos hombres sanos. ¡Y esa responsabilidad es mía! ¿Yo? Que como lo que sea, que no sé cocinar y que me aburre enormemente el tema alimento a no ser que se trate de qué pedir a domicilio. Lo llevo crudo. A  ver cómo me las arreglo para mejorar sus dietas, educarles a comer bien y ser yo misma un buen ejemplo de cómo alimentarse. Qué difícil. Me voy a prepararles algo para comer porque el grande ya está voceando por casa: ¡Mamá, tengo hambre!

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